ACREDITACIÓN DEL VIKTOR FRANKL INSTITUTE

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lunes, 30 de noviembre de 2015

Familia: transmisora de valores y conductora del aprendizaje para la relación grupal de las personas

Dr. José Martínez-Romero Gandos
A Coruña – Galicia – España
Noviembre 2015

Nuestra tarea como Logoterapeutas es preguntarnos si podemos hoy ayudar al Hombre existencialmente frustrado a encontrar un sentido. Tal vez se piense que es tarde para esta tarea. Creemos que no. La búsqueda de sentido es específicamente humana y es, también, propio del hombre someter a crítica ese sentido. El sentido no se nos dá por añadidura, debemos descubrirlo. No salta a nuestra mirada como una síntesis automáticamente conformada. Se trata de un descubrimiento paulatino, único y trabajosamente proyectado sobre el fondo de la realidad circundante. ¿Cómo aprendemos a seguir este camino? Nuestra primera maestra es la Familia, agente socializador excelente que nos permite la búsqueda y la realización posterior de ese sentido de vida, personal, único y autotrascendente.
Actualmente vivimos en un mundo en crisis. Esta crisis puede definirse, sintéticamente, como la “gran crisis de valores” en los comienzos del siglo 21. Nuestra sociedad consumista, fanática, adicta, golpea en nosotros con una influencia importante que lleva a la horrible sensación de “vacío”. Un vacío que muy bien ha descripto Viktor Frankl en su libro “Ante el vacío existencial” (Editorial Herder). Comienza nuestro maestro este libro diciendo: “En realidad hoy no nos enfrentamos ya, como en los tiempos de Freud, con una frustración sexual, sino con una frustración existencial”(...)”bajo un abismal complejo de falta de sentido, acompañado de un sentimiento de vacío”. Luego nos explica que este vacío existencial, que va a llevar a la mayoría de la población a una neurosis debida a conflictos de conciencia, a colisión de valores, a frustraciones existenciales que él denominó “neurosis noógena” (término originado en “nous”, espíritu).
La familia debe enseñar a amar y transmitir conocimientos de modo que el hombre-niño preste oído atento al requerimiento de las situaciones de vida que va a enfrentar, No nos alcanzan ya 10 mandamientos. Frankl dice que el hombre debe estar capacitado para percibir los 10.000 mandamientos encerrados en 10.000 situaciones de su vida cotidiana. Nuestra sociedad en crisis presiona para impedir la realización de este sentido creatural infiltrándose en la urdimbre familiar y debilitando su estructura fundamental.

          La familia es la célula embrionaria fundacional del sentido y la primera escuela de valores. Su salud o debilitamiento están ligados estrechamente a la suerte y a la situación histórica de las comunidades o sociedades a las que influye y por las que se ve influída. Es una red peculiar que otorga firmeza y unidad, fuente de la energía por la cual la vida se hace mas humana. La educación que realiza es una educación para la libertad y para la responsabilidad. Enseña a distinguir lo que es esencial de lo que no lo es, lo que tiene sentido de lo que no lo tiene, entre lo que se necesita para ser responsable y lo que es superfluo.
          Podemos afirmar aquí que esta institución fundamental de la sociedad es una verdadera y fundamental escuela de “reciprocidad”. De allí extraeremos los fundamentos que nos permitirán, luego, manifestarnos en los diferentes grupos que integremos con la actitud que definimos como de “autotrascendencia recíproca”. Cada uno de los miembros de esa familia, persona única e irrepetible.
          El hombre, como persona trascendente, es la materia prima para construir la comunidad de trascendencia reciproca que mencionamos. La familia es la escuela principal porque su actuación está basada en un “pacto de amor”. El concepto de familia asigna a cada uno de los miembros la acogida recíproca y en cualquier edad. Lo contrario es la habitual patología de las relaciones interpersonales en la familia. La educación (“conducir al hombre hacia su máxima realización y trascendencia”) está basada en una infinita gama de manifestaciones culturales. La preocupación por esta educación exige el cuidado de la salud de todos y esta actividad de “cura” (cuidado) es la verdadera riqueza que cada familia posee. El instrumento principal de cuidado es el amor. Este amor se manifiesta a través de la comunicación y su alteración impide la participación y la posibilidad de compartir y encontrarse.
          Numerosos son los estudios actuales que, desde la antropología, la psicología y la sociología, subrayan la importancia fundamental para el logro de esa reciprocidad de las relaciones madre-niño en los primeros días de vida. La educación en esos momentos no es un rosario de afirmaciones intelectuales sino una inconmensurable red de comportamientos vocales, visuales y tactíles que garantizan la transmisión de la seguridad en el logro del sentido de la vida.
          Sobre una dotación biológica e instintiva la madre aporta los “valores” y la “cultura”, manifestados en la simple y a la vez inefable, transmisión del amor. La salud o el debilitamiento del niño están ligadas a la salud de la familia. La crisis de ésta llevó a comunidades, sociedades o culturas, históricamente, a la crisis y a la desaparición.


La familia influye y es influída. Es una red peculiar que otorga firmeza y unidad, fuente de la energía por la cual la vida se hace más humana. La educación que realiza es una educación para la libertad y para la responsabilidad. Enseña a distinguir lo que es esencial de lo que no lo es, lo que tiene sentido de lo que no lo tiene, entre lo que se necesita para ser responsable y lo que es superfluo.
          En estos tiempos la institución “familia” ha sufrido como quizás ninguna otra, acometida por las transformaciones amplias, rápidas y profundas de la sociedad contemporánea. Su suerte se ha visto ligada al contexto de la situación histórica de la sociedad en la cual se desarrolla.
          Sobresaturados de la sociedad de consumo, competitiva y masificada, la posibilidad de hallar un sentido en la vida no depende del sexo, del coeficiente intelectual, del nivel de formación académico, de la religiosidad o del carácter. El ser humano no solamente busca un sentido sino que lo descubre por tres caminos: en el amar a alguien, en lo que hace o crea y en las situaciones límites. En estas tres situaciones o caminos posibles realiza su obra primordial y particular: transformar el sufrimiento, la pérdida, la privación, el desastre o la soledad en servicio.
          Nadie se salva en el individualismo. La comunidad es imprescindible “aún en las peores circunstancias”. En las situaciones límites, tanto de la familia como de las comunidades, podemos observar que su capacidad de superación depende de esa “autotrascendencia recíproca”.
¡Y qué no hace una familia sana, una madre, un padre o un hermano por lograr esos propósitos de auténtica comunidad y ofrecer la actitud o el talante que ayude a superar la crisis! La fuerza cohesionadora del amor hace posible la unión de personas distintas permitiendo el despliegue de la existencia, respetando la libertad y la autodeterminación para lograr el sentido individual y comunitario. Es una ligazón fundada en un primer eslabón, que es el amor, y una cadena de acontecimientos que conforma el “nosotros”.
Conceptos absolutamente alejados de los componentes de odio y agresión insertos en todo racismo, discriminación o abandono.
Para lograr que la familia transmita el amor, la posibilidad de realización trascendente, la consideración de los valores, la enseñanza de la libertad y la responsabilidad y el sentido comunitario ésta debe fundarse en que cada amante de la pareja fundacional conserve su identidad y peculiaridad pero supere el individualismo en el compromiso de duración, permanencia y sentido comunitario. La secularización conyugal, el individualismo erótico y el egoísmo atacan el “nosotros” familiar y lo convierten en espacio inadecuado para la auténtica comunidad que es la familia.
          Si la familia fracasa como promotora de la interiorización del hombre, como transmisora de valores, como lugar de reflexión sobre el sentido de la vida, como vida comunitaria y como lugar de aprendizaje y respeto por la autoridad, los jóvenes retoños se sienten desprotegidos, solos y proclives a crisis y adicciones. Su rebelión no es un hecho atípico, novedoso o temporal. Es la respuesta angustiada a una sociedad, a una familia, a unos padres que promueven exclusivamente el hedonismo, la masificación y el bienestar superficial.
          En este contexto la soledad del joven sin modelos válidos lo predispone a un vacío interior. López Ibor solía decir que “la falta de sentido de la vida carga de sentido a la droga”. En estas megalópolis en las que vivimos muchos padres renuncian a su notable tarea formadora por omisión más que por elección. El Estado complementa, en muchos aspectos, esta renuncia a asumirse como autoridad formadora.
          La acepción universalmente aceptada del término “autoridad” la define como la actividad que radica en llevar a los que están bajo su tutela a la posibilidad de ser ellos mismo, de desarrollar su propia existencia en un crecimiento que le permita ser artífice de su proyecto personal.
          Nos place, entonces, afirmar repetidamente el concepto de familia como unidad creadora de proyectos y valores. Una unidad basada en el amor pero que debe considerar la posibilidad de comunicación efectiva y afectiva entre sus miembros, equilibrar la armonía entre la autoridad y la libertad de sus hijos,  promover la reflexión sobre los valores y el sentido de la vida y no olvidar la integración psicológica y social.
Cuando el otro me ama, me identifica, me dice quien soy, como soy, como le apetezco. Esto produce satisfacción y respondo con un movimiento semejante que hace a la reciprocidad de la relación interpersonal. Esto será fundamental en nuestra prédica sobre la posibilidad de recuperación de esta capacidad de amar y ser para el otro en los grupos logoterapéuticos.
Si en los grupos me preocupo solamente de mi me aparto de la posibilidad de comunicación verdadera y de autotrascendencia recíproca. Cuando el otro reclama mi atención me lleva fuera de mi realidad egocéntrica. Gracias a la mirada del otro conozco lo distinto que hay en mí. Aunque esto provoque una gran angustia por “la mirada del otro”. Superado el bloqueo que el otro me provoca con su mirada (“me petrifica”) me reencuentro con la capacidad de ser “auténticamente” yo y desarrollar un proyecto de vida que considere la existencia de la comunidad, indispensable para mi realización.
Es la capacidad de ser-allende-en-el-mundo-en-el-amor (Binswanger). Ser capaz de ser con el otro, hacerme con el otro, co-ser, co-existir, existir juntos en el seno de una comunidad.
Esta capacidad de sentirse junto al otro abre a la posibilidad de solidaridad, de simpatía y de compromiso. Ser uno y todo. Alojar dentro de mi a los otros y ser huesped de ellos en su amor. Considerar como propios sus problemas y sufrir su pérdida con inconmensurable pena. Descubrir que la soledad patológica no la produce la pérdida del ser querido sino la imposibilidad de reconocer la profunda e íntima relación con el amor que nos unía a ella. El otro del que recibimos la identidad porque nos ha llamado por nuestro nombre.
En esto consiste la esencia de la familia. Nombrar y hacer propio a cada uno de los miembros.
Cuando debemos asesorar en la consulta logoterapéutica sobre temas relacionados con la familia nuestro proceder no será ni ideal, ni técnico ni aferrado a interminables consideraciones teóricas. Los Logoterapeutas nos encontramos comprometidos en ayudar al ser humano desde un enfoque humanista que ayude a superar el enorme y creciente complejo de vacuidad que provoca nuestra sociedad consumista y elitista.


Citaremos a consulta a la familia completa, si es posible. Aplicaremos las técnicas básicas de asistencia a un grupo en entrevista. Observaremos la posibilidad de descubrir y analizar los valores fundamentales que los distinguen. Trataremos que nuestra observación distinga aquello material que intenta imponerse sobre lo espiritual, los condicionamientos sociales y económicos que provocan alteraciones en el orden natural de la familia que es el amor y aquellos índices generales de la comunicación interpersonal que se presentarán, seguramente, alterados.
          La Logoterapia, miembro joven de un movimiento humanístico-existencial centenario, busca el desarrollo de una acción que se proyecte sobre la comunidad contribuyendo a la promoción y perfección del Hombre en función de valores éticos de solidaridad y amor, logros en el marco superior de la responsabilidad social y bienestar respetuoso de la dignidad creatural de la Persona. Para ello tenemos muy claro que la Ciencia y la Técnica tienen que estar al servicio del Hombre y no a la inversa.
          Para desarrollar nuestra tarea, en el marco de una actividad ético profesional, ofreceremos un lugar de encuentro personalizante, un ámbito de reconciliación con los valores, un campo de expresión de la conflictiva personal pero con sentido de la responsabilidad común, respeto de la pertenencia cultural y la realidad histórico-social de los consultantes.
          Nuestra tarea debe extenderse a la familia sin desconsiderar el análisis de la condición de persona de cada uno de sus integrantes, que consideramos constituídos bio-psico-social y espiritualmente. Postulamos a la Persona como hipercompleja, indeterminada y posible, pluridimensional en la simultaneidad, única e irrepetible, que culmina la afirmación de su esencia como ser creatural en un paso mundano trascendente.
          Definida así la persona, nuestra tarea no descansa únicamente en las metodologías utilizadas que pueden ser variadas y dinámicas, sino en ayudar al otro a detenerse en el análisis de su situación presente, a posibilitar su apertura atenta y a ofrecer una voz que apele a su sentido.
          No es tarea fácil. La exigencia de contribuir a la perfección de la Persona a través de la promoción de valores éticos obliga a preparar Logoterapeutas que en su paso por la vida universitaria y en los Institutos de formación haya encontrado un modelo que considere primordiales y válidos estos conceptos de libertad, de responsabilidad, de superación del vacío existencial, de reencuentro con el sentido de la vida a pesar de todo, del fin trascendente de este sentido y de la comunión valorativa personal y comunitaria. No debieran tener lugar en este círculo trabajador cosmovisiones de persona y vida epistemológicamente incoherentes ni profesionales débiles para aceptar las dificultades personales y de modelo que no todos entienden por igual ni despliegan con la misma intensidad o compromiso.
La Logoterapia familiar no es, específicamente, una terapia de grupo sino un lugar de encuentro para intercambiar y contrastar estilos de comunicación, fundamentos valorativos y algo más. Lo que interesa saber no es el análisis de los componentes inconcientes de cada integrante, ni ofrecer la racionalización de una teoría de la cura, sino desarrollar una creatividad operativa centrada en el descubrimiento paulatino de lo que oculta la naturaleza esencial de su constitución que es el amor.
Allí reside el alfa de nuestra tarea profesional. Cualquier Psicología que prescinda del amor separa al ser humano de sus referentes originales e intencionales. La cualidad trascendente de la realidad humana se potencia en el encuentro auténtico de la coexistencia familiar. Para lograr éxitos en el campo de la psicoterapia familiar debe combinarse las técnicas (estimulantes y bienvenidas) con la incorporación de un elemento de arte que supere las limitaciones de la Ciencia en la consideración de su genuina dimensión que es la dimensión espiritual (Frankl).
          Veamos si podemos encontrar ahora la omega de nuestra profesión. En las familias que consultan por conflictos se advierte una preocupación por la ambivalencia frente a la autoridad, las crisis en el encuentro, la relación de autoridad con los hijos y las dificultades en la vida comunitaria. Los especialistas debemos buscar las verdaderas causas del conflicto no solamente en el plano psíquico o social sino también en el plano noético, el terreno espiritual verdadera señal de la crisis. La relación se manifiesta a los ojos del Logoterapeuta como motivadora de desencuentros, agresiones mutuas, discusiones que siempre suponen una lucha por el poder. Abandonaron la preocupación fundamental de la pareja por ir en busca del otro, eliminar el individualismo y participar de la intersubjetividad. Está latente la ruptura poniendo el peligro el futuro de todos los miembros y de la familia como institución.
          Para evitar esta ruptura y ayudar a la pareja a encontrar nuevas posibilidades de encuentro es necesario cambiar la dirección de la crisis para favorecer la concreción de un proyecto positivo.
       Este proceso común lo van desarrollando, con la ayuda logoterapéutica, aceptando fallas, revisando fidelidades y créditos y buscando lugares en común para lo indeterminado. Esta indeterminación apareció o va a aparecer en las situaciones límite, en el sufrimiento, en la enfermedad, en el dolor o en la pérdida. Superar la crisis es encontrar la “camaradería itinerante” para lograr compromiso mutuo y superación de facticidades y límites. Límite máximo cuando se trata de la muerte de alguno de sus miembros. La característica esencial del ser humano se expresa en esta situación límite máxima que es la del amor más allá de la muerte.
Oportunidad trascendental. Posibilidad de rechazo de uno u otro miembro. Posibilidad de caida en el egoísmo o el sinsentido. Imposibilidad de encuentro con el otro. O realización de valores superando todas las barreras. Aún las de la muerte.
          La Logoterapia no ayudará al grupo familiar ni se llegará a una conclusión positiva sobre la solución de problemas si no se ayuda a superar las barreras que obstaculizan la realización de los valores, motivo básico expresado en el sentido trascendente de la existencia. El Logoterapeuta se dirige al otro, apela al “sé conmigo” con estos valores, insta a la superación  de las facticidades y muestra la importancia de los sentimientos frente al otro.
          La ayuda principal reside en la reconciliación con estas tres áreas fundamentales: los valores, la relación trascendente y la importancia del otro. La expansión de cada uno y todos estos sentimientos se convertirá en un escudo protector contra la violencia, el desprecio, la agresión, la indiferencia y la infidelidad. La actividad profesional implicará juegos de dramáticos silencios convocantes, actitudes de espera, continencia de la angustia, desarrollo de caminos de libertad sin imposiciones, creando el lugar apropiado para la confianza y desarrollando una creatividad técnica basada en la imposición de “palabras límites”: fe, camaradería, sufrimiento, sentido, esperanza, amor, solidaridad, cuidado del otro, que forman parte de lo que en algunas Conferencias denominamos “el almacén logoterapéutico”.


          La labor del Logoterapeuta se centrará en los procesos de interacción que ocurren entre sus miembros coordinando las reflexiones sobre las situaciones presentes y futuras. Buscará ayudar a establecer nuevos modelos de relación vincular. Para ello deberá apelar a las enseñanzas teóricas y prácticas que nos llegan desde la Dinámica Grupal.

          Con el desarrollo de estas actividades habremos ayudado a superar las barreras que imposibilitaban la plenitud de las relaciones familiares y habremos asegurado la condición esencial de la familia como transmisora de valores y como conductora del aprendizaje de las relaciones grupales. El capital fundacional de esta institución básica en el desarrollo social, la familia, se basa en la adquisición de ese entramado de relaciones amorosas cotidianas que permitirán la trascendentalidad recíproca.


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